Soria tiene motivos para ser cantada por los poetas,
para ser recorrida por unos turistas que, aquí, casi no existen.
Acogedora, distante, con verdaderas maravillas arquitectónicas
y sobrecogedores parajes todavía silvestres.
Con gentes abiertas y mentalidades de pasados siglos,
el visitante puede adentrarse en un mundo olvidado,
perdido por completo en memorias urbanitas.
Conserva todavía el encanto que le cantaron los pobres poetas pobres.
Las curvas, sobre el Duero, entre colinas y roquedales,
recorren tierras paganas y templarias
que comparten escasas ilusiones y deliciosas tristezas.
Olvidada por las prisas, es sólo un reducto reservado para unos pocos soñadores.